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Capítulo 1: LA INVITACIÓN
Santiago ese día estaba bullicioso, movido y ajetreado como casi siempre. Apenas se veía la cordillera enmarcando la ciudad debido a la contaminación habitual, sin embargo, una corriente fresca le alertó a Florencia que podía ser un día especial. El timbre sonó inesperadamente, y ella se sorprendió al ver que no había nadie en la puerta. Sólo un sobre había sido dejado cuidadosamente bajo ella, sin más explicación. Al tomarlo entre sus manos, su curiosidad creció. El papel era blanco hueso, elegantemente de textura suave. La letra italiana, escrita a mano en la parte delantera, decía su nombre. En el reverso, un sello de lacre, antiguo, con un símbolo que no pudo descifrar.
Antes de romperlo, sus pensamientos volaron hacia su infancia, como siempre cuando algo la desconcertaba. Cerró los ojos un segundo, disfrutando el placer del olor del papel, la tinta, la cera... hasta podía sentirlo palpitar. Ella se autodenominaba una romántica, un alma destemplada en esta época de correr y de pantallas digitales que no tenían olor a nada. Pero en el fondo, sabía que su niñez había sido mucho más que esa imagen idílica que se permitía idealizar. Aquellos años tan cercanos y, a la vez, tan distantes, se habían teñido de un gris melancólico que aún pesaba sobre su corazón.
Repasó las letras del sobre, leyendo su nombre con solemnidad: Florencia del Solar. Cada letra resonaba en su alma, como si el tiempo se hubiera detenido en esa niñez que parecía estar aún viva en su corazón. A veces se sentía como una niña asustada frente al espejo, linda, pero temerosa, queriendo encajar, pero sin permiso para ser ella misma. Esa niña, que aún la habitaba, la observaba desde la oscuridad de los recuerdos, tan distante y, sin embargo, tan cercana.
"Cada letra resonaba en su alma, como si el tiempo se hubiera detenido en esa niñez..."
Un segundo timbre la sacó de su ensoñación. Esta vez era el sonido de su alarma en el celular. Se regañó en silencio por su tendencia a escapar de la realidad, a volar a su mundo interior. Miró el sello intacto y observó que el cuño parecía un nido de serpientes enrolladas, sin cabezas ni colas, quizás un montón de hilos entrelazados. No pudo descifrarlo, pero entendió que la respuesta vendría después, cuando leyó el título de la invitación. "El encuentro con la soga" decía en letras impresas sobre un tarjetón de estilo antiguo.
Le dio un vistazo rápido al contenido, prometiéndose leerlo más tarde, cuando regresara de la oficina. Sólo alcanzó a entender que debía pasar un fin de semana en un lugar llamado Hacienda Las Atadas con mujeres de su infancia. Su corazón se inundó de una ilusión inexplicable, pero también de una sensación de desconfianza, como si algo en el fondo le susurrara que no todo era lo que parecía. Guardó la invitación con cuidado en su cartera.
—Florencia, despierta, ¿dónde tienes la cabeza? —la regañó con suavidad Esteban, su jefe en la consultora, mientras entraba a su oficina. Él siempre la había valorado mucho y sabía que su creatividad era su mayor fortaleza.
—Perdón, es que me llegó una invitación rara... y me conecté con mi pasado —respondió Florencia, aún distraída.
Esteban se acercó, curioso:
—¿De qué se trata?
—No sé quién me la mandó, pero me invitan a reunirme con mis ex compañeras de colegio... y el nombre del encuentro es lo que me intriga.
—¿Por qué? —preguntó Esteban.
—Se llama "El encuentro con la soga". ¡Es raro, ¿no?! La única soga que recuerdo es la que usaba para saltar en la infancia, con mis trenzas peinadas con jugo de limón y mis calcetines rojos con hoyos...
—¿Vas a ir a tejer un aquelarre o qué? —bromeó Esteban, mientras hojeaba la invitación.
Florencia sonrió, pero la intriga seguía creciendo en su mente. La "soga", ese nombre tan extraño, como si intentara arrancarle algo profundo que había estado oculto durante años. ¿Qué quería decir?
Esa noche, mientras descansaba en una bañera llena de sales aromáticas, Florencia volvió a leer la invitación. Quería entender un poco más y decidir si asistiría. El silencio en el baño era como un abrazo tierno, sin interrupciones. Después de un largo día, al fin estaba tranquila. La carta decía:
«Querida Florencia, te esperamos a ti y a otras doce mujeres que compartieron su infancia y adolescencia en el mismo colegio. El encuentro será en Hacienda Las Atadas, a las afueras de la ciudad, y tendrás una oportunidad única para reencontrarte con tus recuerdos y tus amigas después de tantos años. Llega al anochecer del viernes 22 de noviembre y presenta el sello que te hemos enviado. Te garantizamos que saldrás absolutamente renovada. Ropa cómoda. Todos los gastos están cubiertos. Responde a este correo si deseas participar. La presencia es voluntaria, pero no podemos esperar a verte».
Había un pequeño código QR para las indicaciones y el número para confirmar. ¿Quiénes serían "tus amigas"? Se preguntó Florencia, sintiendo una mezcla de emoción y desconfianza. Se recordaba sociable y bien portada, pero sus circunstancias familiares adversas siempre la habían mantenido en un mundo interno más bien solitario a nivel de vínculos. Sí recordaba nombres queridos y una que otra anécdota de la niñez y la adolescencia, pero era un período de su vida más bien lúgubre y oscuro que se desdibujaba como manchas de tinta china en su alma.
Se salió del baño justo antes de que el agua se entibiara más de la cuenta y disfrutó como niña al ver sus dedos arrugados como pasas y su piel hiper hidratada. Se sentía más liviana y limpia que nunca y los aromas del jabón, las sales y hasta de la toalla recién lavada le daban un disfrute "merecido" después del día tan largo y extenuante que acababa de atravesar. Tomó su computador y comenzó a googlear. "Hacienda las atadas" puso en el buscador y salió un mensaje de "página en construcción". Luego escribió "El encuentro con la soga" y sólo aparecieron búsquedas de otros países o instrucciones para navegar. Buscó luego por los nombres y apellidos de las compañeras que recordaba y se sorprendió gratamente al ver que todas estaban vivas y sus fotos en LinkedIn o Facebook las hacían ver vitales y vigentes. ¿Estarían invitadas igual que ella? ¿Quién organizaba todo este encuentro? ¿Qué propósito tenía? Sus rostros le parecieron mayores, algunos más tristes que otros. ¿Estaría ella igual? ¿Qué pensarían las demás al verla? ¿La estaría googleando también en ese mismo momento?
Esa noche, al ir a su correo, escribió:
"Para: info@Lasatadas.com
Confirmo mi asistencia. Muchas gracias por la invitación. Nos vemos allí.
Atte. Florencia del Solar."
